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nydus/El Grande OrientePublic
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VIII

columna tenía la J. y otra la B., letras que al parecer querían decir Juan Bautista, pues también al precursor del Mesías le metieron de cabeza en la heterogénea liturgia masónica, donde los misterios egipcios y mil desabridas fábulas se mezclan gárrulamente con el mosaísmo, el paganismo, la religión cristiana, la revolución inglesa y la filosofía del siglo de Federico. Junto a las columnas se repetían las mesillas triangulares, una para el primer vigilante y otra para el segundo.

El techo no carecía de interés. Por encima del doselete destinado a guarecer la calva del presidente, asomaban unas listas doradas representando los rayos del sol con dudosa fidelidad. En el friso había varios garabatos, obra de indocto pincel, a los cuales se atribuían intenciones de querer expresar los signos del zodiaco; y por debajo de ellos corría, también pintada, una soga, símbolo de unión y fuerza. La estrella pitagórica andaba también de paseo por aquellos altos cielos, testimonio de grandeza del supremo Demiurgos (Dios), y en su centro llevaba la letra G., significando gnos, palabreja que hasta los niños entienden, sin necesidad de aprender, que significa generación. Completaban el sublime ajuar cuatro candelabros con sendas estrellas que en el mundo ordinario llamamos velas, y, por último, la consabida batería de trastos, espada ondulante, compás, escuadra y el ejemplar de los estatutos. No había ventanas, ni más puertas que la de entrada, porque era de rito el ahogarse.

El Venerable o presidente era un hombre como de sesenta años, de agradable y aun hermosa presencia, fisonomía simpática, sonrisa esculpida, más bien de cortesía que de burla. En todo él había marcadísima expresión de contento de la vida, un singular convencimiento de que el mundo era bueno, y si se quiere, de que el Arte-Real era óptimo. Vestía con elegancia, y los atributos y arreos de la masonería, que no tienen comúnmente nada de airosos, le sentaban a

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