—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador con un tono que antes era de benevolencia que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que no eres guapa? Más de cuatro quisieran...
—No sé por qué me dices esas tonterías.
—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido, que te arregles bien; pero muy bien.
—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al teatro.
—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?
—Me compondré.
—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me entiendes?
—Como si hablaras en griego.
—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?
—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...
—¿Te vistes, sí o no?
—Al momento, hombre, al momento.
Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y ataviada con lo mejor que tenía.