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nydus/El Grande OrientePublic
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XVIII

—Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También tú te diviertes con estas mojigangas?

—Vaya un modo de prepararse... ¡Llamar mojigangas a una cosa tan seria, que va a derribar el ministerio y a poner un gobierno republicano! Señor don Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso que los que se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Conque escriba el papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto, que me sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.

—¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa toda la noche después de haber trabajado todo el día?

—¡Quia! Si ya no hago más zapatos —dijo el gran patriota con expresión de hombre perspicuo—. El señor Regato me ha prometido darme un destino en la Contaduría de Propios. Don Patricio me enseña a echar la firma, que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.

—Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en La Cruz de Malta, y apedrean el coche del rey. ¿A cómo pagan esto?

Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.

—Vamos —dijo—. Está visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre seremos amigos, o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito y despache pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.

—No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?

—Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo paso en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf, usted no sabe el trabajo que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los uniformes, a hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a echar unas copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse el día siguiente... y luego guardias y más guardias.

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