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nydus/El Grande OrientePublic
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V

—Juan Violín, no seas bruto —gruñó el jefe—. Deja a esa señorita y alcánzame las esposas.

Gil de la Cuadra, al ver que le iban a atar las manos, huyó despavorido a la pieza inmediata. Siguiéronle todos. Rogole Salvador que se sosegase, no haciendo resistencia a sus bárbaros aprehensores; cedió al fin el anciano, y ofreció sus manos a las argollas de hierro. Abrazole estrechamente Solita, diciendo con lastimeros ayes y lamentos que no se apartaría de él, y fue necesario separarla. En la sala, Gil de la Cuadra, agobiado por la amarga pena, exánime y aturdido, cayó al suelo. Los polizontes tiraron de él como se tira de un perro que se detiene a hociquear en el suelo. Ayudole Salvador a levantarse, y salieron de la casa.

Cuando bajaban la escalera, don Patricio y su hijo salieron a ver la tristísima comitiva, y Fermina Monsalud quiso que Soledad entrase desde luego en su casa. Detuviéronla todos, procurando consolarla; pero ella insistió en bajar, y luchando con todas sus fuerzas, que no eran muchas, procuraba desasirse de los brazos de Sarmiento y doña Fermina.

—Le soltarán pronto... no llore usted, niña —le decía el preceptor—. Este gobierno es como Dios lo ha hecho... no persigue más que a los liberales... ¿Conque el señor Gil de la Cuadra era la mano derecha de don Matías Vinuesa?...

Soledad bajó rápidamente, y tras ella Sarmiento. En la calle arrojose otra vez la joven en brazos de su padre, manifestando inquebrantable resolución de seguirle; pero las fuertes manos de los corchetes la separaron. Gil de la Cuadra, negándose a dar un paso en compañía de la soez cuadrilla, dejose caer en el suelo, y otra vez el egregio polizonte tiró de la soga.

—Tengo sed —dijo el anciano, respirando con ansia.

Delante de él estaba don Patricio, con las manos a la espalda, fijando en el reo una mirada maliciosa y nada compasiva.

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