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nydus/El Grande OrientePublic
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IV

denuncia, fundada en móviles que no comprendo. Ya estoy aburrido, desengañado de la mala fe de todos, convencido de que tan pícaro es Juan como Pedro, y de que no es posible tomar parte activa en la cosa pública sin meterse en fango hasta la coronilla.

—¡Lástima que no lo conociera usted antes de pringarse en la desdichada conjuración palaciega de Vinuesa, que es, según he oído, una de las mayores aberraciones que puede concebir la imaginación!

—Siento que usted califique tan duramente un plan que no conoce —repuso Gil de la Cuadra en el tono del amor propio herido—. Y como no puede conocerlo si yo no se lo revelo, lo haré, porque después de la prisión de mi amigo, no hay en ello inconveniente. La primera condición de nuestro plan era el secreto. Solo debían tener noticia de él Su Majestad, el infante don Carlos, el duque del Infantado y el marqués de Castelar, como los únicos encargados de ponerlo en ejecución. Llegado el momento del golpe, Su Majestad debía llamar a los ministros, al capitán general y al Consejo de estado, y una vez que los tuviera a todos bien agazapados en la real cámara, debía entrar una partida de guardias de Corps, mandada por el serenísimo señor infante, y prenderlos a todos, luego qué el rey saliese de la estancia. Vea usted qué ardid tan sencillo y al mismo tiempo tan fácil.

—Sí; todo es fácil y sencillo en las cabezas de los conspiradores. Prosiga usted.

—Inmediatamente después el mismo señor infante don Carlos debía pasar al cuartel de guardias y mandar arrestar a todos los individuos poco afectos a Su Majestad y a nuestras ideas.

—¿También eso es fácil y sencillo?

—Déjeme usted seguir. Al mismo tiempo el señor duque del Infantado... bien le conoce usted: ¡qué imponente figura, qué aire

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