que al verte ella respetará la gloriosa institución a que perteneces. No grites, no vociferes, que eso no es propio de quien representa la autoridad, la fuerza pública y la soberanía armada. Consérvate sereno en medio del tumulto, y si tocan a formar y hay lucha con los guardias y demás cohortes del absolutismo, despliega, querido hijo, todo el valor de tu pecho, todo el brío de tu raza, y sé cual indomable león, que no conoce riesgo y hace estremecer al cobarde lobo solo con el rugido de su cólera.
El joven sastre, mientras esto decía su venerable padre, vestíase a toda prisa en el mismo portal que era albergue de la sastrería. En el momento de abandonar la tienda para mezclarse al popular tumulto, un hombre llegó a la puerta y se detuvo en ella, saludando cariñosamente al señor Sarmiento.
—Hola, hola... señor Monsalud —dijo este—. ¿Tan pronto de vuelta? ¿No va usted a Palacio? Dicen que habrá tocata de trágalas, y sinfonía de mueras y vivas.
—¿Ha salido mi madre? —preguntó el joven sin hacer caso de las observaciones de su amigo.
—No he visto salir a la señora doña Fermina —replicó Sarmiento—. Debe de estar arriba, acompañando a doña Solita y al Taciturno.
—Subiré a decirle que no salga esta tarde.
—Aguarde usted, don Salvador. Si no va usted más que a eso, le mandaré un recado con Lucas. Quédese usted aquí. Vámonos a la esquina a ver pasar la gente y hablaremos un rato. ¿Qué me dice usted de estas cosas?
—¿Pero no tiene usted escuela?
—He soltado al infantil rebaño. Si no lo hiciera me alborotaría la escuela, y mis lecciones se perderían en la algazara como semilla que se