¡Pecador de mí! ¡Mil veces pecador! La circunstancia de haber sido afrancesado me hace sospechoso a los absolutistas. Esa es mi fatalidad; esa es mi estrella negra; esa es la funesta herencia que me dejó mi esposa. ¡Si viera usted cuántas puertas se han cerrado hoy ante mí! Es particular: de la noche a la mañana ya nadie me conoce. Soy un extraño, un importuno; creen sin duda que les voy a pedir un socorro pecuniario, y me reciben de malísimo talante. La única muestra de benevolencia que he recibido es muy triste, señor Monsalud. Diómela un caballero de Palacio, avisándome hoy el peligro que corro, porque halladas varias cartas y notas mías entre los papeles de Vinuesa, no han de tardar en venir por mí para embaularme en la cárcel, donde, si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura y yo, a no ser que nos cuelguen en la plazuela de la Cebada. ¿No es verdad, señor Monsalud, que debí preferir el tratamiento de los milicianos de La Bañeza?
—¿Espera usted que le prendan? ¿Lo sabe?
—Lo sé.
—Pues en tal caso —dijo Salvador con asombro—, ¿por qué no huye usted? ¿Por qué no se oculta al menos?
—Precisamente de eso quiero hablarle —manifestó Gil de la Cuadra, cayendo de nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salvador le encontrara—. ¡Huir!... creo que no habrá otro remedio.
—Es el más seguro por ahora.
—Mis achaques me hacen de tal modo cobarde, que no acertaré a dar un paso... ¡Si parece que me convierto en un niño!... ¡Cómo se me oprime el corazón!... Luego doy en pensar en la desdichada suerte y desamparo