esto de su perspicua mirada, que cual la del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República. (Asombro general e innumerables bocas abiertas.) En Zaragoza están a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos nombres no pronunciaré.2 Esos patriotas, pertenecientes a la gran Confederación francesa, están de acuerdo con nuestro jefe; no lo dudéis, están de acuerdo. Unidos todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos la República en España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!... ¡Guay de nosotros si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡Guay, guay!... Lo que puedo aseguraros es que si no nos ven dispuestos y valientes, irán con su proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con chiquitas ni repara en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe se presenta en el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando: ¡Viva la República!, todo el ejército francés se le unirá en seguida, y llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la isla de Elba. (Los comuneros acogen esta bola con grande algazara, señal cierta de que se la han tragado.)
»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessieres y veréis que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano. ¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores. Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de esta asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo, que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...»