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nydus/El Grande OrientePublic
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III

—No necesitamos cosa alguna —añadió la joven mirando a doña Fermina—. Lo que tiene mi padre es muy singular.

—¿Congestión cerebral, ataque de gota, síncope, jaqueca?...

—Mi padre está enfermo del ánimo —dijo tristemente Soledad—. No quiere médicos ni medicinas: lo que quiere es hablar con el señor Monsalud, y por eso vengo a rogarle que pase ahora mismo a casa.

Asombráronse todos de ver enfermedad que se aliviaba hablando.

—También puede que tenga algo que revelarme a mí —dijo Sarmiento dando algunos pasos—. Voy allá corriendo.

—No, usted no —replicó la joven deteniéndole—. Salvador solo. Mi padre desea verle y hablarle ahora mismo, ahora mismo.

Salvador subió sin tardanza al segundo piso.

Malísimo humor tenía Sarmiento cuando se retiró a su casa. No pudiendo refrenar la abrasadora curiosidad que le consumía, detúvose junto a la puerta del misterioso vecino, y aplicó el oído, anhelando percibir algo de la conversación o confidencia que dentro se efectuaba; pero ni una sílaba llegó a sus grandes orejas. Resignose a no saber nada, y al entrar en su casa, dijo a Lucas:

—Insisto en que es servil, hijo; un infame persa que nos ahorcaría a todos si le dejáramos.

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