—¡Mi hija!... ¡mi pobre hija! —gritó clavando los tristes ojos en el semblante del joven, su vecino.
Con aquella mirada su afligido corazón de padre dijo cuanto las circunstancias exigían que dijera.
Solita perdió el conocimiento. Don Patricio, que estaba a dos pasos de ella, la sostuvo en sus brazos.
—¿En dónde pongo esto? —murmuró festivamente.
—Subiré a Soledad a mi casa —dijo Salvador tomando en brazos a la joven como si fuese un niño—, y después, señor Gil, le acompañaré a usted a la prisión.
Como lo dijo lo hizo, y poco después de media noche todo estaba terminado.