Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el cuerpo del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los ojos, diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y repitió:
—¡Mi hija!
Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo, los ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito, lelo...
Abriose la puerta. Monsalud entró.