—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál es el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos por conspiraciones absolutistas.
—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo? ¿Hay algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?
—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.
—¿Es rico?
—Es pobre.
—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San Isidro de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere mucho. El duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí se ata, atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos, desatado será... allá arriba. Esta noche, después de la tenida ordinaria, hay tenida de Príncipes del grado 31. Creo que se tratará de cosas muy altas. Si consigues tener de tu parte a Campos...
—En la tenida ordinaria, ¿quién preside esta noche?
—El mismo Campos... Ya comienza a venir gente. Señor Aristogitón, orden y compostura.
Ambos personajes se trasladaron a la sala de Pasos perdidos, donde encontraron a varias personas. La concurrencia aumentaba cada instante con la entrada de nuevos hermanos, entre los cuales los había de todas clases, edades y figuras; muchos militares, aunque sin uniforme, y no pocos clérigos, aunque sin hábitos. El hermano Aristogitón, que por espacio de algunos meses había estado dormido, saludó a sus compañeros de taller. Pasó algún tiempo en animadas conversaciones particulares, hasta que el templo fue descubierto, mejor dicho, se abrió una puertecilla que daba entrada a la logia.