—Cállate, picarillo —repuso Canencia—. Ya sabes que puedo sacarte los colores a la cara siempre que quiera.
—Señal de que tengo vergüenza.
—O de que la tuviste... Pero basta de boberías. Cobre usted, señor Regato, y venga recibo.
—Las cuentas de estos señores —dijo Salvador— son tan embrolladas como las leyes masónicas.
—Es sencillísimo —contestó Regato—. Se me deben 1233 reales. Aquí está mi cuenta... «Por dos calaveras que mandó traer de la bóveda de San Ginés en 6 de noviembre, 42 reales... Por el bordado de cuatro mandiles, 268... Por echar una pieza al sol, 12... Por pintar las llamas, 30... Por una escuadra nueva y siete malletes, 58... Por aguardiente que se dio a los de policía el 5 de enero, 14... Por lo que se repartió cuando tiraron la pedrada al coche de Narices, 410... Por papel de circulares, 60... Por saldo del piquillo que se le debía a Grippini, el cafetero de La Fontana, 140... y así sucesivamente, señores. Total, 1233 reales.» Ahora papá Sócrates ajusta las cuentas de otro modo, y no quiere darme más que 836 reales. Estas mermas son las recompensas de un hombre de