En los días que van corriendo para nuestra relación, hacía tres años que Andrea había entablado amistades íntimas con un hombre que cierto día se metió en su casa buscando refugio contra los corchetes que le perseguían. Cómo nacieron y rápidamente tomaron vuelo a manera de incendio estos amores, es cosa que ahora no nos importa; pero la libertad de que disfrutaba Andrea explicaría muchas cosas.
Pasaron días, muchos días, y con ellos sucesos buenos y malos que no merecen ser referidos. En 1821, la casualidad, o mejor dicho, la política, juntó en un círculo al amante de Andrea y a Campos: hiciéronse amigos, y cuando este le llevó a su casa no tenía ni vagas sospechas del interés que aquella amistad inspiraba a su sobrina.
De este modo, Píramo y Tisbe no tuvieron que horadar paredes para hablarse, y aunque la presencia casi constante del tío les estorbaba, viéndose a menudo aun delante de testigos, tenían medios para preparar sus conferencias reservadas, las cuales no eran ya frecuentes, porque la libertad de Andrea empezaba a disminuir.
El favorecido conocía perfectamente las horas que doña Romualda consagraba a la grave faena diaria de sus devociones, las de oficina y logia para Campos. Aplicando bien la sentencia profundísima de uno de los siete sabios de Grecia, que dijo aprovecha la ocasión, aquel hombre enamorado hasta la ceguera y el aturdimiento entraba en la casa. Estas atrevidas invasiones del templo de un exaltado amor no eran ni podían ser frecuentes, y exigían gran cautela con criados y gente menuda; pero los amantes habían discurrido mil triquiñuelas y contaban con la fiel complicidad de una criada antigua. Su ceguera, con todo, no era tanta, que se ocultase a entrambos la necesidad de poner término a tal género de vida.