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nydus/El Grande OrientePublic
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XXIV

—Eso es entregar un hombre a los asesinos.

Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente y nervioso, y agitábase en su silla, tomando diferentes posiciones a cada minuto.

—¡Hombre de Dios! —gritó al fin—. Me sorprenden esos escrúpulos. ¿No habrá en la cárcel un Barrabás? Pues muera Barrabás y que se salve Jesús. Concedo con muchísimo gusto que Gil de la Cuadra no sea el sustituto.

—Esa farsa infame no es propia de mí —contestó el joven—. Si el populacho quiere una víctima, no seré yo quien fríamente se la entregue, como el leonero que escoge la res más gorda para darla a las fieras con que se gana la vida.

—Señor don Rígido —dijo Regato sin poder disimular su enfado—, maldito si le sientan a usted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta nimiedad y sutileza de abogado para un asunto sencillísimo? Usted ha empleado toda clase de recursos para sacar de aquí al que con más justicia está preso.

—Usted juzga mal a mi amigo —repuso Monsalud con serenidad—, y es extraño porque le conoce bien. No aparece complicado más que por unas cartas que se hallaron entre los papeles de Vinuesa, y el juez debe de haber comprendido que apenas merece castigo, pues solo le condena a cuatro años de presidio, pena relativamente leve en estos tiempos.

—Nada de eso hace al caso —dijo Regato, como hombre afanado que se decide a marchar derechamente hacia su objeto—. Usted creerá tal vez que yo no correspondería a su buena voluntad con otra buena voluntad, a su beneficio con otro beneficio.

Diciendo esto, el dos veces gato se llevó la mano a un cinto, y desliándolo hizo sonar su contenido: un metal precioso que hace

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