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nydus/El Grande OrientePublic
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III

los ternos de pimentón, las cantáridas gramaticales. Riego mira con desdén al jefe político. Algunos de sus ayudantes, mostrando una impavidez pasmosa, le insultan. Aporréanle dos o tres paisanos, Paco Rincón y Blas Cortada, si no me engaño; el teatro parecía una caldera hirviendo; el general se retira al fin, y, ¡oh, pavor!, las calles están llenas de gente, la tropa se encierra en los cuarteles, y todo es zozobra y miedo de trifulcas. Sin la imprudencia del jefe político, nada habría pasado. Pero el despotismo es así: no le gusta oír el himno ni el trágala; no quiere ver la faz del libertador del hesperio suelo, y aquí tienen ustedes el resultado: guerras, asolamientos, fieros males, como dijo el poeta. Nada, nada: según esa gente estólida, a la Libertad debe ponérsele bozal para que no muerda.

—Bozal para que no muerda —repitió taciturnamente Monsalud.

—De la cosa más sencilla, del desahogo más ingenuo —continuó el vehemente preceptor—, toma pie el despotismo para extender su férreo dominio... Volvamos a nuestro invicto don Rafael. De nada vale el popular deseo. Se empeñan en que ha de salir de aquí, y le echan

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