—Ya adivino lo que es —dijo—. Salvador está triste y enojado porque tiene malas noticias de la causa de mi padre.
Al instante corrió en busca de doña Fermina. Manifestole lo que había pasado, y las dos deliberaron si debían esperar a que él revelase la causa de su malestar o interpelarle desde luego sin miedo.
—Esperemos —dijo la madre—. Si da en callar, no le sacaremos una palabra.
No había concluido de decirlo, cuando sintieron la voz de Monsalud.
—¡Madre, madre... Soledad!
Corrieron allá.
—Madre... Soledad... —repitió Salvador viéndolas entrar—. Aquí no tiene uno quien le acompañe... le dejan a uno morirse de tristeza. Ni siquiera vienen a preguntar si se me ofrece algo.
El semblante del joven expresaba una reacción viva en sentido consolador. En lo más extremado de su pena, sintió que esta se agrandaba con el aislamiento, y un poderoso instinto de restauración le impulsaba a rodearse de personas queridas.
—¡Hijo, si estamos aquí!... Sola me ha dicho que la has despedido con dos piedras en la mano —dijo doña Fermina.
—Ha sido una broma —indicó Monsalud, sintiendo remordimiento por haber tratado mal a su protegida—. Solilla, siéntate aquí y trabaja en mi cuarto. Necesito que me acompañes.
—¿Tienes que decirnos algo desfavorable del pobre don Urbano?
—Nada, nada; todo lo contrario. Espero sacarle pronto de la cárcel. Hoy precisamente han variado las cosas.