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nydus/El Grande OrientePublic
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XXIV

Desde la noche del 3 al 4 conocía Salvador el infame proyecto de sus compañeros de caballería. Si no pudo injerirse en la camarilla, asistió a la fortaleza. Oía y callaba, esperando utilizar las circunstancias; y como había adquirido y fomentado buenas relaciones con comuneros de todas clases, creía seguro salir adelante con su buen propósito. El plan de hacer justicia en la persona de Vinuesa le pareció irrealizable, porque contaba con la energía de las autoridades. Sintió impulsos de poner en conocimiento de Campos algunas preciosas noticias y datos adquiridos en la asamblea, para que aquel las comunicase al gobierno; pero su natural honrado y leal se sublevaba contra la delación.

En la mañana del 4 entró en la celda de Gil de la Cuadra, y le dijo:

—Ánimo, señor reo: esta noche saldremos de aquí. Tengo todo preparado.

El anciano, de rodillas, apoyando su cuerpo en el lecho, cruzó las manos y se puso a rezar fervorosamente.

Poco después, Salvador atravesaba el patio de la cárcel, cuando se sintió llamar. A su lado vio una cara entre burlona y suspicaz, unos taimados ojos verdosos que gatunamente le miraban, una mano blanca que con suavidad le agarraba el brazo. Era el señor Regato. Vestía el uniforme de capitán de la Milicia.

—Amiguito —le dijo—, tenemos que echar un párrafo. Subamos.

Instaláronse solos en una pieza del piso alto, y don José Manuel habló de este modo.

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