maravilla. Había en su bizarra apostura corpulenta cierto aire de obispo, y también algo de hombre de mundo, sin que pudiera adivinarse cómo se verificaba la síntesis de estos dos términos tan diversos.
Aquel personaje, que a pesar de su indudable influjo en los sucesos de su época, ha escapado, por extraño fenómeno, a las fiscalizaciones entrometidas de la Historia, se llamaba don José Campos. Este era su verdadero nombre, y no anagrama impuesto por el novelador para tapar una celebridad; mas no lo busquéis en la Historia, como no sea en algún olvidado y oscuro libro de masones; buscadlo en la Guía de forasteros, porque era director general de Correos.
A pesar de la poca resonancia de su nombre, y de no estar asociado este a ningún mérito político ni oratorio, ni menos a batallas o sediciones, es indudable que el portador de él fue uno de los hombres más importantes del célebre trienio. A él se debió la organización de la masonería en aquel pie de ejército poderoso. Lo que no se comprende fácilmente es la razón de su modestia. Campos no quiso nunca salir de la dirección de Correos, aunque su familiaridad con ministros, generales y consejeros, le ponía en la mejor situación del mundo para satisfacer su vanidad si la hubiera tenido.
De las más verosímiles tradiciones masónicas se desprende que el Venerable en cuestión era de los que se agachan para dejar pasar las turbonadas y los pedriscos, conservando siempre el mismo sitio y no dejándose arrastrar por la furia de las pasiones, con lo cual si aparentemente adelantan poco, en realidad salen siempre ganando, y no están sujetos a las caídas y vaivenes de la gente muy visible y talluda. Más hábil vividor no le conocieron los pasados ni conocerán los venideros siglos.
Los anales masónicos están conformes con asegurar que Campos tenía en las logias el nombre de Cicerón.