da.
—Un perro, no de tres cabezas, como el del infierno, sino de una sola; pero tan horrible, que su vista me hacía temblar de sobresalto y pavor. Sus ojos despedían fuego, y su espantosa boca, llena de cuajarones de sangre, se abría hasta las orejas dejando ver feroces dientes agudísimos y una lengua que vibraba como hoja de metal. Era la bestia más repugnante y fea que imaginarse puede. Pero lo más raro era que aquel horrendo animal hablaba.
—¿Hablaba?...
—Yo le dije que iba a buscar a un infeliz encerrado en la cárcel. El perro fijó en mí sus ojos de fuego, cuya claridad me llegaba al alma, estremeciéndome todo.