Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca, como los demás. La sensatez de sus ideas hallábase circunscrita a la serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro. Amaba la Carta, pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito, pensaba demasiado en la de Horacio a los Pisones.
—Todo puede arreglarse —dijo Pelayo—. Por sí o por no, y aunque hay en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa de línea.
—Eso me parece una necesidad imperiosa —añadió Campos, atreviéndose, contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le dieran.
—Al menos eso probaría cierta prudencia en el gobierno —dijo el de la Carta deteniéndose, mas sin volver a sentarse.
—No; la verdadera prudencia —objetó Valdemoro— consiste en no poner ni quitar ninguna guardia, porque eso sería origen de sospechas, hablillas, escándalos y seguramente de disturbios graves.
—Adiós, señores —dijo el simpático y cortés joven de treinta y tres años.
—Mudar la guardia me parece una provocación —repitió el ministro consultando fríamente el rostro de los tres que a su lado quedaban.
Ninguno dijo nada.
—Si se hace con maña y habilidad —dijo Pelayo—, quizás no.