Andreíta un amor tranquilo y sesudo... pues, sesudo; un amor que a las dulzuras propias de este sentimiento reúna las sabrosas insulseces de la amistad. Me satisface además, completamente, el saber que las primicias sentimentales del corazón de esa tierna criatura van a ser para este goloso, que indudablemente no las merece.
—Eso sí, amigo Falfán —manifestó Campos—: la prenda que se lleva usted excede a todos los elogios. No es porque sea hija de mi querido hermano, ni me ciega el amor de tío que le profeso; pero la verdad por delante: existen pocas muchachas como Andrea. Nada hay que decir de su belleza, que está a la vista de todos; pero, ¿y su talento, y sus virtudes, y su piedad, y su genio manso y apacible, y aquella bondad deliciosa que convida a entregarle el corazón? Un defecto tiene, y por lo mismo que está delante el que va a ser su marido, lo digo... ya hemos hablado de esto el marqués y yo; pero este defecto es de los que dejan de serlo