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nydus/El Grande OrientePublic
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III

la casa, lo compensaba en simpatías la hija. A todos agradaba; solía conversar con don Patricio al entrar y salir, y muy a menudo pasaba a la habitación de doña Fermina Monsalud, charlando con ella largas horas. Tenía por nombre Soledad; pero como su padre la llamaba Solita, así la decían todos, y más comúnmente doña Solita; que entonces las señoritas cargaban todavía con un doña no menos grande que el de cualquiera quintañona.

Como cronistas sentimos tener que decir que Solita era fea. Fuera de los ojos negros, que aunque chicos eran bonitos y llenos de luz, no había en su rostro facción ni parte alguna que aisladamente no fuese imperfectísima. Verdad es que hermoseaban la incorrecta boca finísimos dientes; mas la nariz redonda y pequeña desfiguraba todo el rostro. Su cuerpo habría sido esbelto si tuviera más carne; pero su delgadez exagerada no carecía de gracia y abandono. Mal color, aunque fino y puro, y un metal de voz delicioso, apacible, que no podía oírse sin sentir dulce simpatía, completaban su insignificante persona. Es sensible para el narrador que su dama

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