años... ¡Pobre anciano, cómo gozará jugando con los pequeñuelos!... Y ese Anatolio será un buenazo, un corazón de oro... Lo dicho, seré padrino de tus muñecos.
—Buenas noches, compadre. Que duermas bien.
—Buenas noches.
Y al acostarse, a sí mismo se decía:
—¿La ves tan desgraciada, tan pobre, tan sola? Pues con su sencillez, su ignorancia y su Anatolio, será más feliz que tú.