—Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no pasé de sospechas vagas.
—¡La traición! —dijo Campos con gravedad irónica—. Pero hombre... ¡qué palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella, y más aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre..., ¡ay!, sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa, cuando creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?
—Me doy por conquistado.
—¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con ella como si nunca la hubieras conocido?
—Lo haré.
—¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego que no pueden juntarse?
—Como el agua y el fuego.