La ignominia de la cárcel empezaba desde la puerta. En la esquina del edificio se veían multitud de inscripciones terroríficas e indecentes. A conveniente altura, una de esas manos de artista que tanto abundan en España, había pintado una horca de la cual pendía un cura, y debajo se leía Tamajón. En la misma puerta otro artista había trazado una especie de cuadro de ánimas donde varios curas recibían tizonazos de los demonios, y más lejos varios milicianos nacionales, caracterizados en la pintura tan solo por el morrión, asaban un cerdo que llevaba el nombre de Vinuesa. En el portal repetíanse las horcas, y además otra ingeniosa pintura. Un grotesco y ventrudo muñeco, que tenía en la panza el consabido letrero, abría la boca. Como si esta fuera la de un horno, varios milicianos o figurillas de morrioncete metían por ella con sendas palas un objeto en que se leía Constitución. Por debajo una escritura infernal rezaba el Trágala, perro, tú servilón.
Vinuesa estaba en un calabozo del piso bajo. En la puerta negra habían trazado con tiza la horca y el ahorcado; repetidas formulillas, como Muera el traidor, y una cuarteta que decía:
Dentro del calabozo no reinaba oscuridad profunda. Veíase al infeliz reo arrojado en el suelo sobre un jergón inmundo. Era un hombre viejo, aunque entero, de cuerpo pequeño que debió ser fornido; pero la larga prisión habíale extenuado considerablemente. Su pelo entrecano; su barba blanca, muy crecida por no haberse afeitado durante el encierro; su rostro en que se pintaban resignación y amargura, dábanle aspecto venerable que sin duda no tenía cuando andaba suelto por la villa, o haciendo planes en su casa de la inmediata calle de San Pedro Mártir. Vestía sotana suelta, raída y llena de jirones; un gorro negro de punto, calado hasta más abajo de las orejas, le cubría la cabeza. Cuando no estaba echado sobre el miserable jergón, se paseaba de un ángulo a otro, o se sentaba en la única silla, apoyando los brazos sobre una mesa negra, y la cabeza en los brazos para dormir un poco.