a fuerza de ruegos, de razones, de regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡Marquesa, ya ves qué pedrada!..., y la muy tonta... Por algo se ha dicho que entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un alfiler.
—Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.
—¡Si es millonario! No va por ahí la corriente —dijo Campos con desaliento—. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de Campos, fecundo en gente sesuda.