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nydus/El Grande OrientePublic
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XIX

—Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre areópago —dijo el orador—, y me parece que no debo molestar más al ilustre areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.

—Bien, muy bien.

—Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido presidente la alta honra de continuar este importantísimo debate, para que nos diga su opinión, que es lo que más nos importa.

Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano. Romero Alpuente se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes de copiar aquí su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo de los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen, sino un vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso, de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil se encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá Galiano, al lado suyo, se tenía por un Adonis.

Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida privada era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que imaginarse puede. El mismo que en público encarecía la necesidad de cortar no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un mosquito. ¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre y de Marat, quería parecerse a ellos! Pero solo los tontos confundían su clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas literarias, y su lenguaje familiar era a veces tan divertido como sus amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba siempre en serio. Algunos le llamaban el Guzmán (el gracioso) de las Cortes. Tuvo

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