—¿No me conoce usted? —repitió.
—No —repuso Monsalud.
—¿No me conoció usted?
—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.
—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.
Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita. Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las personas.
Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:
—¿Y tú quién eres?
Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió correr hacia su hermano y abrazarse a él buscando un refugio.
—Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que vienen de fuera.
Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa. Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la casa a la insolente dama.
—¡Oh, qué vil soy! —repitió Andrea corriendo otra vez hacia la puerta—. ¡Rebajarme así...!