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nydus/El Grande OrientePublic
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XIII

—¡Veo que no te defiendes con ardor; veo que no protestas como yo protestaría en tu caso! —exclamó Monsalud con la impertinente comezón de los celosos—. Andrea, tú meditas algo, tú me ocultas algo.

—Medito que te quiero más que a mi vida —repuso ella cerrando los ojos y apoyando la cabeza en el hombro de Salvador, mientras le deshacía el nudo de la corbata.

—Ya sabes, querida mía —repuso él moviendo la cabeza negativamente—, que tengo motivos para no creer en palabras de mujeres. Déjame que te diga una cosa. Yo creo que tu tío tiene razón al querer casarte; pero el pobre señor ignora que no puedes casarte sino conmigo. Eres tal para mí, que sin poseerte no comprendo la vida. Si me amas del mismo modo, demos fin a estas relaciones peligrosas. Casémonos, cielo.

—Casémonos, tierra —repitió maquinalmente Andrea—. Cuando quise, no quisiste... Está bien. Es verdad que así no podemos seguir... Pero si le dices a mi tío que seré tu mujer, te arrojará por el balcón.

—Me arrojará por la puerta. Verdaderamente no me importa gran cosa, llevándote conmigo.

—¡Huir! —exclamó la joven con terror.

—¡Huir! —dijo Monsalud remedándola—. Siempre eres tímida para todo lo que me favorece. ¡Huir! No te llevaré a ningún desierto... Nos quedaremos aquí.

—Tú estás loco —dijo Andrea levantándose pensativa.

—Pues entonces, hoy mismo le diré al gran Cicerón que te adoro...

—Si haces eso, si haces eso... —dijo vivamente Andrea poniéndose pálida—. Pero tú estás loco, Salvador. Mi tío te aprecia mucho, te aprecia

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