Era que comúnmente la asamblea en pleno no resolvía nada nunca, siendo más bien doctrinales, digámoslo así, sus sesiones, que ejecutivas. La alta dirección de la Comunería estaba, como la de los masones, en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que nos introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro la camarilla de Palacio.1 Tócales ahora su vez a las camarillas populares, poderes igualmente misteriosos y perturbadores; y la dificultad de nuestro trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos: la del populacho o de los patriotas, y la de los constitucionales o moderados. Procedamos con método.
Camarilla del populacho. — No tenía local fijo. Reuníase algunas veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras en el mismo local de la asamblea, o en casa de Regato. La reunión de ella que nosotros vamos a presenciar, no fue celebrada en ninguno de estos parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los veinte diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas, solo Mejía; de los que tenían cargos oficiales en la asamblea de Padilla, solo Regato; de los viejos, solo don Patricio Sarmiento; pero no faltaba ni uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres, ni tampoco la pandilla de milicianos nacionales, en la cual alzaba el gallo con altanera superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once personas, y para poder discutir con más libertad, Regato mandó al tabernero que cerrase, luego que todos estuvieron dentro, y cuando el vino empezó a hacer su oficio para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.
—Queridos compañeros —dijo Regato—, estamos perdidos.
Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.
—Perdidos, porque el gobierno nos va a meter el diente, y los hombres gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de miedo.
—Romero Alpuente —dijo uno— tiembla como una gallina mojada.