sacristía los objetos de su oficio. ¡Pícara humanidad! Verdaderamente es una bestia. No se la puede tratar sino a palos. Acá para entre los dos, Aristogitoncillo de mil demonios, desde que se planteó aquí la libertad, voy creyendo que Atila, Omar, Felipe II y Bonaparte han tratado a los hombres como se merecen. Mientras todo no vuelva al estado primitivo... ¡Oh! Pero tú no entiendes de esto, ¿no es verdad? ¡El estado primitivo! ¡Ah! ¡Imagínate el estado anterior a este funesto pacto que hemos hecho para destrozarnos los unos a los otros, y hacernos todo el daño posible!... No hay nada comparable al pacto. La verdadera sabiduría debe dirigirse a ese fin; un fin, muchacho, que consiste en volver al principio. Mas no puede formar idea de esto quien está devorado por la ambición, y tiene lleno el espíritu de ansiedades mundanas, en vez de conformarse a vivir modesta y primitivamente con un pedazo de pan y un vaso de agua cristalina, un tiesto de flores y un buen libro...
Monsalud no podía tener la risa. Durante un rato, Canencia, poniéndose las antiparras, siguió burilando, o sea escribiendo, la plancha, o mejor, el acta.
—Tú te ríes —dijo en el momento en que echaba polvos para volver la hoja— porque crees que ganarse la vida de esta manera, no cuesta trabajo. Niño mimado de la fortuna, yo quisiera saber qué sería de ti sin la prebenda que tienes en casa del duque del Parque.
—Las prebendas —repuso Salvador— no existen hoy sino en este manejo de la J. y la B., y en este cepillo o tronco masónico, que es el mejor del mundo después del de las Ánimas. ¡Ah, papá Canencia, ya podía usted echar un remiendo a estas pobres calaveras, que están diciendo con sus bocas sin lengua la inmensa tacañería del sacristán mayor de este templo!