—¿Qué sospechas de mí?
—No lo sé —dijo Monsalud lleno de confusión—. Los que aman no sospechan poco ni mucho: lo sospechan todo de una vez. Cualquier indicio es traición. Andrea, tú no eres la misma; repito que no eres la misma.
La estrechó entre sus brazos, apretándola con una fuerza que más que frenesí de amante parecía el fatal abrazo de Otelo.
—Que me ahogas, tigre —gritó Andrea.
Y entre festivas risas le mordió el brazo. En el mismo instante, de las ropas de la joven cayó una llave, que escurriéndose por la alfombra brilló, al detenerse, sobre el pétalo de una flor pintada.
—¿Qué llave es esta? —preguntó Monsalud, cuya excitación suspicaz le obligaba a fijarse en el más ligero incidente.
—Es la llave de mis secretos.
Salvador, con su perspicacia sutil, creyó ver en el semblante de Andrea ligerísimo indicio de contrariedad.
—¿La llave de tus secretos?
—Sí: dámela —dijo ella apresurándose a recogerla.
—Es la llave de la cajita negra. Se me ha antojado abrirla. ¿Dónde está?
Andrea vaciló un instante. Pareció que meditaba, y que con el pensamiento exploraba todo el interior de la cajita negra antes de entregarla a las pesquisas del receloso amante.
—Ábrela —dijo al fin—. Allí están tus cartas y tu retrato.
—¿Dónde está?