veía a mi padre entrando en la calle. El pobrecito me saludaba con la mano, dándose tanta prisa a entrar y subir la escalera, que tropezaba a cada momento.
—Es particular —dijo la madre—. Yo también soñé anoche una cosa parecida.
—Es particular —dijo Monsalud—. Sin duda es esta la casa del sueño. Hace poco me quedé aletargado y soñé...
—¿Que mi padre estaba libre?
—Sí; pero mira de qué modo tan extraño: Yo me dirigía por la calle de la Cabeza a la cárcel de la Corona. Llegué a la puerta y me salió al encuentro, ¿quién creerás que me salió al encuentro?
—¿Un centinela?
—¿Un carcelero?
—Un perro.
—Lo mismo