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nydus/El Grande OrientePublic
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XVIII

Entre tanto el Alcaide respondía:

—Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se ha presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.

—Por Dios, amigo Monsalud —indicó en voz baja Regato—, no se ría usted, le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de burlas. Usted no quiere creerme, y yo repito que esto es serio, pero muy serio.

Abrieron la puerta de la Plaza de armas, que más parecía bodega que plaza, con diversas series de asientos ocupados por los caballeros, y un estradillo donde estaba el presidente, teniendo detrás fementido torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que llamaban estandarte de Padilla, y una urna donde se debían colocar todas las cenizas de los comuneros que se pudieran haber.

El presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo, profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía, y del valor y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.

—Ya estáis alistado —le dijo el presidente—. Vuestra vida depende del cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a jurar. Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe Padilla, y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad conmigo el juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.

Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla del juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con la consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación siguiente:

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