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nydus/El Grande OrientePublic
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V

El amigo de Vinuesa, cayendo en el sillón se oprimió con ambas manos la desnuda calva.

—Se me ha partido el alma... —exclamó sordamente—. Parece que me han arrancado la última raíz de la vida... ¡yo me muero!... ¡Pobre hija mía!...

Solita corrió hacia él. Hija y padre se unieron en estrecho abrazo.

—Ya no hay remedio —dijo el segundo con amargura.

Los golpes se repetían con más fuerza. Salvador, agitado por violenta cólera y despecho, se golpeaba la frente con el puño. En algunos momentos se sentía impulsado a una resolución desesperada; pero tenía demasiado buen sentido para no refrenarse al punto.

—No hay remedio —dijo Cuadra con acento solemne—. Hija mía, oye lo que voy a decirte. ¿Ves este hombre?...

Solita fijó en Monsalud sus ojos llenos de lágrimas.

—Salve usted a mi padre —gritó—. Discurra usted algún medio para ocultarle, para sacarle de la casa sin que esos malditos le vean.

El tétrico silencio del joven indicó claramente que no podía discurrir medio alguno que no fuese una locura.

—No puede ser, no puede ser —dijo el anciano—. ¿Ves este señor? Es el único que puede hacer algo por mí, por nosotros. Mientras vivamos separados, recuérdale un día y otro que tu padre está en la cárcel. Se me figura... se me figura que será un buen hermano para ti.

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