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nydus/El Grande OrientePublic
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III

Monsalud no dijo nada.

—Pues bien —añadió Sarmiento sorbiendo la mitad de lo que contenía la jícara—, yo declaro que conozco pocos varones de la antigüedad (y ahí está Plutarco que lo certifique)... sí, conozco pocos que se igualen a este atrevido comandante, que desafió al absolutismo, a toda la Europa, señores, a la Santa Alianza, a los Borbones todos, a los serviles todos. Y tan gran fin realizó sin derramamiento de sangre, porque... vean ustedes la historia: Harmodio y Aristogitón derramaron mucha sangre; las sediciones de los Gracos también fueron cruentas; Bruto mató a César; Robespierre y Danton ya sabemos que cortaban cabezas como yo plumas; Cromwell degolló a Carlos I, etcétera. Pero nuestro hombre ha dicho sea la libertad, y la libertad ha sido. Su espada no ha necesitado herir para vencer. Con su vívido fulgor deslumbráronse los tiranos, y despavoridos huyeron cual asustadas liebres. ¿No es verdad, señor don Salvador? ¿No es verdad esto?

Monsalud tampoco dijo nada, ni hacía caso de la disertación sarmentil.

—¡Y a hombre tan insigne, a este campeón que le dijo a España, como el ángel a María: el Señor, o la Libertad es contigo; a ese apóstol, señores, se le tiene alejado de la corte, como si fuera una plaga, un pedrisco u otra calamidad aterradora! Se le desterró primero a Asturias; se le desterró después, porque destierro es, a la Capitanía general de Aragón... ¡Oh!, si yo llegase a regir los destinos de la España; si yo... pongamos por caso que llegase a ser ministro... mi primera disposición sería para recompensar dignamente a ese héroe inaudito...

—¿Más todavía?... —indicó festivamente Monsalud.

—¿Pues qué? —dijo Sarmiento con ciceroniano ademán, poniendo sobre la mesa la jícara vacía—, ¿acaso se le han tributado honores correspondientes a sus servicios? Ni aun en la jerarquía militar ha tenido

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