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nydus/El Grande OrientePublic
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XVI

—Estamos —decía Campos— en la situación más oscura que puede imaginarse. Yo no he tenido nunca a Feliú por muy afecto a nuestro Orden, y temo mucho que se nos vuelva en contra. Sin embargo, anoche nos ha echado un discursejo con muchos ofrecimientos y palabrotas; pero no me fío, no me fío.

Esto lo decía el gran Cicerón sentado junto a una mesa del café de La Fontana, teniendo enfrente a Salvador Monsalud, que entre sorbo y sorbo de café leía El Espectador. Cómo se habían juntado después de su violenta separación, cómo habían ido allí, apareciendo amistosamente reconciliados, merced a un par de tazas y otras tantas copas, es cosa que se explica fácilmente. Campos fue a casa de Monsalud una mañana, anunciole que tenía que hablar de asuntos igualmente graves para los dos, y aunque el joven le recibió con los peores y más ásperos modos, como Cicerón no se daba por ofendido y era hombre que respondía con risas a las palabras duras, bien pronto uno y otro, a pesar de su desacuerdo, hallaron un término común de reconciliación pasajera. Campos convidó

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