de antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.
Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez; sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello, así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de insomnio, de lucha y de amargura.
Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres pasos, y viendo que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo habían encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos, enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla es esta?»