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nydus/El Grande OrientePublic
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XVIII

dar descanso a nuestro espíritu y a nuestros cuerpos, para restablecer las fuerzas y volver con nuevo vigor a la defensa de las libertades patrias.»

Poco después de las diez de la noche Salvador Monsalud, acompañado del señor Regato, penetró en el Alcázar de la libertad de la calle de la Inquisición. Era el local grande y espacioso, consistente en una serie de salas abovedadas a las cuales se descendía por media docena de escalones. Pobres farolillos que aquí no cometían la fatuidad de llamarse estrellas las alumbraban, y un sordo rumor de gente anunciaba desde el vestíbulo que la colmena se había llenado ya de zánganos.

—El ceremonial nos manda esperar aquí —dijo Regato a su recluta, deteniéndose en la primera sala—. Voy a llamar al Alcaide.

Durante el breve rato de espera, Monsalud tuvo que resignarse a oír las felicitaciones de don Patricio Sarmiento, que a la sazón entraba, y que atronó la estancia con sus gritos y encarecimientos por el feliz suceso de aquella iniciación. Todo su porvenir caballeresco comunero diera el joven por sacudírsele de encima; pero al fin sacole de tan mal paso el Alcaide, apareciendo con Regato, y en seguida vendaron los ojos del recluta, mandándole que marchase apoyado en el brazo del comunero proponente.

—¿Quién es? —preguntó una voz.

—Un ciudadano —respondió Regato con toda la seriedad posible— que se ha presentado en las obras exteriores con bandera de parlamento a fin de ser alistado.

La misma voz gritó:

—Echad el puente levadizo.

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