—¿Se guardará secreto?
—Hasta donde se pueda; pero hay que reclutar gente, mucha gente.
—¡A la Fortaleza, a la Fortaleza!
—En la Fortaleza hay espías y traidores que todo se lo cuentan al gobierno.
—Si el gobierno lo sabe, mejor —vociferó Pelumbres—. ¿Qué apostamos a que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al rey?
Una carcajada general acogió estas palabras.
—Las cosas claras. Hacemos justicia. Yo lo digo a todo el que me quiera oír. ¡Muera Tamajón!
—¡Muera Tamajón! —repitieron todos menos Regato.
Este, con apagada voz y razones conciliatorias, quiso aplacar a sus amigos; pero estaban muy encariñados con la idea sugerida por el dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros, porque una vez arrojada, el que pretenda quitársela se expone a recibir un mordisco o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando los individuos de su alto consejo salieron a la calle masticando el sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y entre Pelumbres y don Bruno marchó resueltamente a la asamblea, que aún estaba abierta.