sin cuidado... No de otra manera la benéfica lluvia de la libertad impide que se levante el sucio polvo de la tiranía... Vea usted, señor don Salvador, qué poco aprenden los reyes. Como los chicos, no entienden sino a palos. Yo digo que la Constitución con sangre entra. En octubre del año pasado, cuando Su Majestad no quería sancionar la reforma de monacales, por instigación de don Víctor Sáez y del embajadorcillo de Su Santidad, el pueblo amenazó con una revolución y Fernando no tuvo otro remedio que sancionar. ¿Pero sirviole de enseñanza este suceso? No, señor, porque en el Escorial conspiraba contra el gobierno, y el nombramiento de Carvajal en decreto autógrafo era un proyecto de golpe de Estado. ¡Iniquidad funesta! Pero el pueblo no se duerme. Cuando Fernando entró en Madrid... ¡Qué día, qué solemne día! ¡Qué 21 de noviembre! En vez de vítores y palmadas, galardón propio de los sabios monarcas, Fernando oyó gritos rencorosos, mueras furibundos, amenazas, dicterios; oyó ternos como puños y vio puños como ternos. No ha presenciado Madrid una escena tan imponente. Allí era de ver el pueblo ejerciendo el soberano atributo de amonestación; allí era de oír el trágala cantado por las elegantes mozas del Rastro. Miles de brazos se agitaban amenazando, y todas las bocas espumarajeaban de rabia. Los que llevábamos en la mano el libro de la Constitución, lo besábamos en presencia del rey. Un fraile pronunció varios discursos que encendían más los ánimos. De repente por entre apiñadas cabezas se alzan multitud de manos que sostienen un niño. Es el hijo de Lacy. La multitud soberana grita: «¡Es el vengador de su padre! ¡Es el hijo del gran patriota! ¡Mueran los tiranos! ¡Viva la Constitución!» El rey oía todo, y su semblante echaba fuego... Pues bien: ¿cree usted que esta lección fue provechosa? Nada de eso. La camarilla sigue conspirando; la corte desafía a la nación, al mundo, al linaje humano con la infame conspiración y plan de don Matías Vinuesa, que ha escandalizado a Madrid días pasados.
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