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nydus/El Grande OrientePublic
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XXIII

Coriolano, que se había expresado con energía, miró a los dos anilleros. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran retórico.

—No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra la sentencia del juez —dijo Pelayo con calor—; pero téngase presente que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes de los absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto: yo no lo creo. Su plan indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo, sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades, sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del partido conspirador y alzar sobre la sangre de aquellas víctimas el pendón de la tiranía y de la intolerancia: estos son los proyectos contenidos en los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre los que traman semejantes atentados contra la existencia de un gobierno establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho públicamente que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo era capital, y que, por consecuencia, era imposible salvarle. ¿A qué este cambio tan repentino? ¿Por qué, con tales antecedentes, Vinuesa no ha sido condenado más que a diez años de presidio? Semejante condescendencia ha llamado justamente la atención pública. Hasta se asegura que la Audiencia, en vez de agravar la pena, la suavizará más. Dícese que han mediado presentes a los cuales la integridad del juez ha resistido con nobleza y con honor; pero que después han intervenido ciertos recados imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes amenazas no ha podido sustraerse el magistrado, haciéndole blandear desgraciadamente en su fallo.2

—Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible mano oculta —dijo con desabrimiento el retórico.

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