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nydus/El Grande OrientePublic
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I

de candiotas, o idiotas que es lo mismo, para que los partidarios de Graco no pudieran zurrarle la badana. Decid, niño, ¿cómo se llamaba el amigo de Cayo?

Todas las voces infantiles responden a un tiempo.

—Flaco.

—Ese nombre no se os olvida, picarones, porque os hace reír. Muy bien. Pues sabed que un día los partidarios de Opimio, después del sacrificio, que es, como si dijéramos, al salir de misa de doce, insultaron a los de Graco, los cuales asesinaron a un alguacil, macero, lictor o como quiera llamársele. Viérais allí, cual encrespadas olas de un mar borrascoso, chocar unos y otros, pueblo y tropa, democracia y tiranía, patriotismo y servilismo. La sangre corría por las calles de Roma como corre en la de Coloreros el agua cuando llueve. Se degollaban unos a otros e iban arrojando cabezas al río. Quién gritaba viva la Constitución, quién aclamaba a los cónsules diciendo vivan los verdugos, y hasta los niños pequeñitos tomaban parte en la encarnizada refriega, no de otra manera que los tiernos cachorros del león, cuando se disputan un huesecillo para jugar. Retíranse Graco y Flaco... (Risas en el menudo auditorio.)

—¡Silencio!... ¿Qué importuno y discorde reír es ese? Retíranse Graco y Flaco; van en busca de Rufo... (Nuevas risas.)

—Silencio, digo... o ninguno sale hoy de aquí. ¿Qué risas son esas? Periquito, Chatillo, Roque... ¿no os da vergüenza de profanar este augusto recinto con vuestras ridículas bufonadas?... Orden, compostura, atención, silencio... Pues decía que se retiraron todos al monte Aventino, que era un monte, pues... un monte que se llamaba Aventino. Pero, ¡ay!, los cónsules los cercan; envían numerosa y aguerrida tropa para que a cañonazos los destruyan allí, y tienen que marcharse, señores, al otro lado del

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