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nydus/El Grande OrientePublic
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XX

—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito, no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo con ella, que la escondes en alguna parte, y...

El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que determinaba la ira.

—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo..., casi estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.

—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá por buenas.

—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará en ninguna parte.

—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo. Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a este aprisco, no se nos escape.

Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró.

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