—Tonterías y debilidades —respondió Salvador riendo—. Ni yo quiero licencia, ni la necesito, ni la pediré, ni me importa que me radien o me escriban en todos los libros rojos o amarillos.
—Hazme el favor —indicó Campos con socarronería— de no echártela de hombre superior. No valemos tan poco como crees. El discursillo de esta noche que tan justamente alborotó la logia, y la carta que me escribiste renunciando las comisiones que yo quería encargarte en provincias, me prueban que estás en un período de hipocondría o satánico orgullo. Señor Aristogitón, hay que civilizarse; hay que aceptar las cosas como son; hay que renunciar a esos humos de hombre puro, so pena de anularse y caer en triste olvido... Es particular: yo te alargo la mano para sostenerte y elevarte, y me la rasguñas. ¡Pobre gatillo inocente! El discurso de esta noche bastaría para expulsarte definitivamente de entre nosotros, y, sin embargo, gracias a mí te quedarás; gracias a mí...
—Para nada quiero seguir.
—Seguirás —repitió Campos con benévola insistencia—, y no solo seguirás, sino que nos serás útil. ¡Tunante! Más de cuatro quisieran verse en tu lugar. Has de saber que tus salidas de tono y tus desaires, en vez de ocasionarte disgustos, te proporcionan gangas. Ya verás qué pedrada te voy a dar esta noche.
—A nada conduce tanto hablar, señor Campos —repuso Aristogitón con impaciencia—. Es tarde: de una vez dígame usted si han tratado esos señores algo referente a Vinuesa y su conspiración.
—Eres en verdad sospechoso. ¿En qué se funda tu interés por ese Gil de la Cochera, de la Cuadra o no sé de qué?
—Es pariente mío.
—¿Cercano?
—Muy cercano.