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nydus/El Grande OrientePublic
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IV

de mi pobre hija... ¿qué será de ella si muero? De tal manera se perturba mi alma y se enflaquece mi razón pensando en esto, que no puedo discurrir los medios de mi fuga o escondite. Piense usted por mí, pues no con otro objeto he solicitado su protección; dígame usted lo que debo hacer... tráceme un plan.

—No solo indicaré lo conveniente, sino que haré cuanto pueda para que usted quede en salvo esta misma noche. Es preciso tomar una resolución pronta. Ánimo, señor Gil; no acobardarse, y triunfaremos.

—¡Oh!, gracias, gracias mil —exclamó el enfermo estrechando las manos de Salvador.

El infeliz conspirador lloraba.

—No perdamos tiempo... Saldremos juntos para que vaya usted más tranquilo —dijo Monsalud, restaurando más a cada palabra la energía moral y física de su vecino—. No carecerá usted de nada.

—¡De nada!... ¡qué bendición de Dios! Usted me devuelve la vida... Yo, que empezaba a carecer de todo, hasta de lo más preciso...

—Este conflicto, amigo don Urbano, es poca cosa. Creo que nadie nos estorbará la fuga. Le llevaré a usted a paraje seguro, donde vivirá tranquilo y oculto hasta que podamos conseguir un sobreseimiento, una absolución... allá lo veremos.

—¡Benditas mil veces sean esa boca y esas manos! —dijo Gil de la Cuadra con emoción profunda—. Usted me salva; yo me arrojo en sus brazos como en una playa hospitalaria, después de ser juguete de las olas... ¿Conque usted, después que me ponga en lugar seguro, conseguirá un sobreseimiento, una absolución?... ¡Cuánto lo agradeceremos mi hija y yo!... Sola, Solita, ¿dónde estás? Ven, corre a abrazar a este caballero.

—Vale más que nos dediquemos sin perder un instante a preparar todo lo necesario... ¿Qué hora es?

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