a guiar a un grupo de policías hasta el lugar; y allí se encontró en aquel escondite improvisado una cosa muy horripilante e ignominiosa. > No le vendría bien al sentido nacional —ni siquiera internacional— del decoro que el público llegara a enterarse jamás de lo que desenterró aquel atónito grupo. No había lugar a equívoco, ni siquiera para aquellos agentes tan poco eruditos; y los telegramas a Washington se sucedieron con febril
Las cajas iban dirigidas a Charles Ward en su bungaló de Pawtuxet, y funcionarios estatales y federales le hicieron de inmediato una visita muy enérgica y seria.
Lo hallaron pálido y preocupado junto a sus dos extraños compañeros, y obtuvieron de él lo que pareció ser una explicación válida y pruebas de su inocencia. Había necesitado ciertos especímenes anatómicos como parte de un programa de investigación cuya profundidad y autenticidad cualquiera que lo hubiera conocido en la última década podía demostrar, y había encargado el tipo y la cantidad requeridos a agencias que había considerado tan razonablemente legítimas como pueden serlo tales cosas.
De la identidad de los especímenes no sabía absolutamente nada, y quedó debidamente consternado cuando los inspectores insinuaron el monstruoso efecto sobre el sentimiento público y la dignidad nacional que produciría el conocimiento del asunto. En esta afirmación se vio firmemente respaldado por su barbudo colega el doctor Allen, cuya voz extrañamente hueca transmitía aún más convicción que sus propios tonos nerviosos; de modo que al final los funcionarios no tomaron medidas, pero anotaron cuidadosamente el nombre y la dirección en Nueva York que Ward les dio como base para una búsqueda que no condujo a nada.
Es justo añadir que los especímenes fueron devueltos rápida y discretamente a sus lugares correspondientes, y que el público en general jamás sabrá de su blasfema perturbación.