Entre los libros había un ejemplar viejo y ajado de Borellus en letra gótica, y resultaba extrañamente interesante observar que Ward había subrayado el mismo pasaje cuyo marcado tanto había turbado al buen señor Merritt en la granja de Curwen más siglo y medio antes.
Aquel ejemplar más antiguo, por supuesto, debió de perecer junto con el resto de la biblioteca oculta de Curwen en la redada final.
Tres arcadas se abrían desde el laboratorio, y el doctor pasó a examinar cada una por turno. Por su inspección superficial vio que dos conducían meramente a pequeños cuartos trasteros; pero los recorrió con cuidado, observando las pilas de ataúdes en varios estados de deterioro y estremeciéndose violentamente ante dos o tres de las pocas placas de ataúd que pudo descifrar. También había mucha ropa guardada en estas habitaciones, y varias cajas nuevas y clavadas herméticamente en las que no se detuvo a indagar.
Lo más interesante de todo, tal vez, fueron unos extraños fragmentos que él juzgó que pertenecían a los antiguos aparatos de laboratorio de Joseph Curwen. Estos habían sufrido daños a manos de los asaltantes, pero aún eran parcialmente reconocibles como el utillaje químico de la época georgiana.
El tercer arco conducía a una cámara muy espaciosa, enteramente revestida de estantes y con una mesa en el centro que sostenía dos lámparas. Willett encendió estas lámparas y, a su fulgurante resplandor, examinó la interminable estantería que lo rodeaba.
Algunos de los niveles superiores estaban completamente vacíos, pero la mayor parte del espacio se hallaba ocupada por pequeños y extraños tarros de plomo de dos tipos generales: uno alto y sin asas, semejante a un lecito o aceitera griega, y el otro con una sola asa y proporcionado como un jarro de Falero. Todos tenían tapones de metal y estaban cubiertos de símbolos de aspecto peculiar moldeados en bajorrelieve.