Era hacia el mes de mayo cuando el doctor Willett, a petición del mayor de los Ward y pertrechado con todos los datos sobre Curwen que la familia había espigado de Charles en sus días poco reservados, conversó con el joven.
La entrevista resultó de escaso valor y poco concluyente, pues Willett sentía a cada momento que Charles era dueño absoluto de sí mismo y estaba en contacto con asuntos de auténtica importancia; pero al menos obligó al reservado joven a ofrecer alguna explicación racional de su conducta reciente.
De un tipo pálido e impassible que no muestra fácilmente su turbación, Ward se mostró bastante dispuesto a discutir sus ocupaciones, aunque no a revelar el objeto de estas. Afirmó que los papeles de su antepasado contenían algunos secretos notables sobre conocimientos científicos primitivos. Para ocupar su vívido lugar en la historia del pensamiento humano, debían ser correlacionados primero por alguien familiarizado con el trasfondo del que surgieron, y a esa labor de correlación se dedicaba ahora Ward.
Trataba de adquirir lo más rápidamente posible aquellas artes olvidadas del pasado que un verdadero intérprete de los datos de Curwen debía poseer, y esperaba dar a conocer y presentar a su debido tiempo un anuncio del máximo interés para la humanidad y para el mundo del pensamiento.
En cuanto a su registro en el cementerio, cuyo objetivo admitía abiertamente, aunque no relató los detalles de su avance, dijo tener motivos para creer que la lápida mutilada de Joseph Curwen llevaba ciertos símbolos místicos —esculpidos a partir de las instrucciones de su